martes, 6 de junio de 2017
Guasabara Cuarteto 'Realidad Y Fantasia' Cesar Portillo De La Luz
Este es un bolero ("fílin") del compositor cubano César Portillo de la Luz (más conocido por otras composiciones como Contigo en la Distancia, o (Tú mi) Delirio), fallecido en 2013. Esta es una de sus canciones las más hermosas y musicalmente más sofisticadas. Y esta versión del cuarteto puertorriqueño Guasabara es simplemente espectacular
lunes, 5 de junio de 2017
Más Crecimiento, Más Equidad
La desigualdad económica es un tema apasionante. En países como Guatemala, su discusión no puede ni debe separarse del desafío -sin duda el más importante- de reducir la pobreza el cual, a su vez, pasa por lograr un crecimiento económico más robusto. Son temas muy delicados en cuyo debate no se vale pretender descubrir el agua azucarada. Lo que hay que hacer está ya diagnosticado desde hace años.
Ese estudio del BID anticipaba desde hace años que el Estado
guatemalteco no lograría aplicar políticas enfocadas en estas áreas
prioritarias si no mejora su recaudación de impuestos y, al mismo tiempo, para
que estos sean sostenibles, implementa medidas que le aseguren a los
contribuyentes que el gasto público se concentra en los sectores clave
(educación, salud, seguridad e infraestructura) y se ejecuta con eficiencia y
sin corrupción, lo que requiere de serias reformas en la institucionalidad del
Estado en cuanto a la ejecución presupuestaria y su rendición de cuentas. Y
todo lo anterior no podrá lograrse sin un sistema político reformado e
institucionalizado, que logre generar y mantener consensos duraderos en materia
de orientaciones de política. Esas deberían ser las prioridades.
A lo largo del presente año algunas entidades como la
Comisión Económica para América Latina -CEPAL- y la oenegé OXFAM han buscado
posicionar en el debate nacional el tema de la desigualdad económica que,
innegablemente, caracteriza a nuestro país. El tema, aunque para nada es
novedoso, es especialmente importante pues es bien sabido que una sociedad con
pobreza y desigualdad extremas es un campo fértil para la ingobernabilidad, la
inestabilidad y, por consiguiente, la insostenibilidad del crecimiento
económico.
Dicho esto, no deja de llamar la atención la
vehemencia con que algunos de los ponentes buscan posicionar dicho desafío en
la opinión pública, al extremo de afirmar que “el problema principal no es la
pobreza, sino la desigualdad extrema” (¡válgame Dios!, que eso equivale a decir
que no importa que todos seamos pobres, en tanto seamos iguales), o de
recomendar soluciones para superar la desigualdad tan superfluamente
redundantes como la de “distribuir mejor la riqueza ganada” (¡válgame de
nuevo!, que eso significa que para no estar enfermo, lo recomendable es estar
sano).
Lo que recomendaría a quienes estén genuinamente
preocupados por la problemática de pobreza e inequidad que aqueja a Guatemala
es que, en vez de pretender aparecer como descubridores del asunto y
proponentes de novedosas soluciones a la misma, se refieran a los estudios
técnicos que, desde hace muchas décadas, se han realizado por parte de expertos
y organismos internacionales serios y que plantean respuestas de política
pública realistas y viables que, por desgracia, los distintos gobiernos han
sido incapaces de aplicar para reducir decididamente la pobreza y,
complementariamente, la inequidad.
Viene a mi mente, en particular, el excelente estudio
titulado “Más crecimiento, más equidad (Prioridades de desarrollo en
Guatemala)”, que el Banco Interamericano de Desarrollo publicó hace casi diez
años y que contiene una de los más claros diagnósticos y propuestas de política
que se hayan visto en los últimos años. Dicho estudio empieza reconociendo que
no es posible reducir la pobreza sin crecimiento económico, e identifica al
bajo nivel de inversión privada como el problema básico que restringe tal
crecimiento y, a partir de allí, señala las tres áreas clave en las que debiese
centrarse la acción del Estado.
Un área es la calidad del capital humano, que debe
mejorarse particularmente en materia de educación y salud. Otra área clave es
la inversión en infraestructura, que debe aumentar cuantitativa y
cualitativamente, particularmente la relativa a carreteras y provisión de agua
potable. Y la tercera es la de las instituciones, que se constituyen en la
condición indispensable para fortalecer el estado de derecho y reducir la criminalidad,
sin lo cual es imposible la inversión, el intercambio y una actividad económica
más pujante.
lunes, 29 de mayo de 2017
Un País Fragmentado
La sociedad guatemalteca está fragmentada en tribus -ideológicas, gremiales, económicas, intelectuales- que no se comunican entre sí. Quizá la única esperanza sean los jóvenes que (con menos taras del pasado) puedan estar en mejor disposición de dialogar y llegar a acuerdos mínimos sobre el país que anhelan
Existe la sensación de que Guatemala está polarizada;
y, quizá en los ambientes de las élites urbanas, esa sea hoy la situación. Pero
también parece que lo que mejor describe la actualidad política, económica y
social del país es la fragmentación: un país dividido en grupos aislados unos
de otros, en clanes que desconfían unos de los otros, en facciones
verticalistas en las que los jefes prohíben a sus miembros comunicarse con los que
piensan diferente y son considerados, por ello, rivales. Y cada grupo es
reticente a colaborar con el rival en pro del bien común.
Están presentes muchos síntomas de una atomización
tribal como lo atestiguan, por ejemplo, la proliferación en las ciudades de
colonias cerradas, cuidadas por guardias fuertemente armados, incomunicadas del
resto de la ciudad. O la búsqueda de atajos -aislados de lo que debería ser la
dinámica social normal- para lograr la realización personal o la movilidad
social (jóvenes que sólo ven su futuro viviendo en el exterior, o integrados en
maras y grupos del crimen organizado).
La enorme debilidad institucional hace que existan muy
pocas entidades que puedan considerarse legitimadas para tender puentes entre
las distintas tribus. Tal debilidad y falta de legitimidad se ve en las
organizaciones sindicales, cooperativas, indígenas, estudiantiles, que están
atomizadas y débiles, sin mencionar el triste caso de los partidos políticos
que deberían ser no solo el principal vínculo entre la ciudadanía y los poderes
del Estado, sino también la principal vía para canalizar el diálogo y las
aspiraciones de los distintos colectivos sociales que, cada día, se atomizan
más en procura de sus reivindicaciones particulares, al tiempo que se vacían
(de personas, de ideas y de liderazgo) los partidos políticos.
La consecuencia de lo anterior es una enorme escasez
de capital social que resulta altamente perjudicial para el desarrollo del
país, ya que la confianza mutua entre los miembros de la sociedad (confianza que
genera redes y valores compartidos que, a su vez, incentivan la cooperación
social) es un elemento esencial para la productividad, el crecimiento económico
y el bienestar social. Y esa ausencia de objetivos comunes deja un vacío que se
convierte en campo fértil para que florezcan el crimen organizado y la
ingobernabilidad.
Para revertir esta situación es menester devolverle a
la política su rol ético de obrar en la sociedad, mediante el ejercicio del
poder, en procura del bien común. Ello requiere de una participación activa y
comprometida de los ciudadanos (no hay democracia viable sin demócratas que la
sostengan). Esa participación ciudadana hay que construirla desde las entrañas
de la sociedad, lo cual implica recuperar la confianza mutua entre los diversos
grupos que hoy la fragmentan.
lunes, 22 de mayo de 2017
La Fragilidad del Estado
Instituciones, instituciones, instituciones. Posiblemente más que la educación y más que la infraestructura, las instituciones (fuertes y eficientes) son el factor clave para que un país sea viable y logre desarrollarse.
El Estado guatemalteco tiene síntomas de fragilidad:
el crimen organizado reina impune en varios territorios, las carreteras están
colapsando, los prisioneros escapan de las cárceles, los ciudadanos no tienen
acceso a sus documentos de identificación (DPI o pasaportes), se producen
continuas invasiones a la propiedad inmueble, etcétera. Guatemala ocupa el
puesto 57 (de 178 países) en el ranking del Índice de Estados Frágiles 2017 que
calcula el Fund for Peace y que recientemente fue publicado. El primer lugar
(es decir, el Estado más frágil) es Sudán del Sur, mientras que en el otro
extremo se encuentra Finlandia.
En dicho índice nuestro país obtuvo una calificación
de 83 puntos (sobre 120), mejor que la de 114 que obtuvo Sudán del Sur. Si bien
Guatemala ha mejorado su calificación en el último lustro (en 2012 ocupaba el
puesto 70 del ranking, con un puntaje 79/120), continúa siendo en 2017 el país
más frágil de Centroamérica: Honduras ocupa el puesto 68 (con 79 puntos);
Nicaragua el 74 (77 puntos); El Salvador el 92 (73 puntos); y, Costa Rica es el
mejor calificado en el puesto 145 (44 puntos).
Este índice combina tres tipos de información. Utiliza
datos de más de mil publicaciones distintas donde detecta palabras clave
ligadas a crisis y fragilidad. Luego, utiliza estadísticas duras de fuentes
como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Y, por último, emplea
el juicio de expertos para validar los distintos sub-índices, los cuales se
agrupan en 12 indicadores de fragilidad que incluyen temas como legitimidad del
Estado, fraccionamiento de las élites o reducción del crecimiento económico.
Las categorías en que peor puntea Guatemala son las de descontento de grupos
sociales, desigualdad económica, aparatos de seguridad, y servicios públicos.
Claro que Guatemala no está tan mal como los países
peor calificados (Sudán de Sur o Somalia), que son verdaderos estados fallidos
donde el gobierno ni siquiera controla la ciudad capital. Estamos más cerca de
otros, como Madagascar (puesto 55), en los que el Estado no está colapsado,
pero es altamente disfuncional e incapaz de controlar todo su territorio.
Curiosamente, también estamos cercanos a Venezuela (puesto 58), donde el
gobierno controla todo su territorio pero a costa de un malestar ciudadano
generalizado y creciente.
El grado de fragilidad de los países influye
claramente en sus niveles de pobreza. Los economistas Daron Acemoglu y James
Robinson, en su libro “Porqué Fracasan las Naciones”, explican que los países
no fracasan por su geografía (como lo demuestra el caso de Nueva Zelanda) ni
por su cultura (como lo demuestran los contrastes entre Corea del Sur y Corea
del Norte). Lo que ocurre es que algunas naciones cuentan con instituciones
incluyentes y efectivas que promueven el crecimiento, mientras que otras tienen
instituciones “extrayentes” que minan el crecimiento. Como lo afirman dichos
autores, la clave para entender el fracaso de los estados es “instituciones,
instituciones, instituciones”.
lunes, 15 de mayo de 2017
Reformar la Justicia... Electoral
La independencia de los jueces es un requisito indispensable para que exista justicia. En procura de dicha independencia es crucial reformar no solo la CSJ y la CC, sino también el TSE
Toda la lógica detrás de los esfuerzos de reforma al
sector justicia se centra en dos objetivos esenciales. Por un lado, lograr una
efectiva independencia de los jueces y magistrados; y, por otro, modernizar la
estructura institucional del sistema judicial para mejorar su eficiencia. De
ahí que los componentes clave de dicha reforma sean la integración de las
cortes (Suprema y de Constitucionalidad) y la disgregación-especialización de funciones
(administrativas y jurisdiccionales) dentro de su gobernanza interna.
Ese mismo espíritu de reforma que se busca para la
Corte Suprema de Justicia y la Corte de Constitucionalidad debería replicarse
también, con firmeza, para la tercera corte superior del país, encargada de
impartir justicia electoral, el Tribunal Supremo Electoral –TSE- que, como las
dos primeras, requiere urgentemente de mejoras profundas en su gobernanza, en
su eficiencia y, especialmente, en su autoridad e independencia.
Idealmente, cualquier juez debe ser independiente con
respecto a tres tipos de injerencia: la de políticos o funcionarios, la de
otros jueces y, principalmente, la de los sujetos a quienes debe impartir
justicia. Esto es tan cierto para el caso de jueces constitucionales y jueces
ordinarios, como lo es para el caso de magistrados del TSE. En este caso, el
tema de independencia es particularmente importante porque dos de los tipos de
injerencia mencionados (la de los funcionarios o la de los sujetos a quienes se
imparte justicia) provienen del mismo estamento: la clase política que, además,
en el actual sistema está íntimamente involucrada en el nombramiento de los
magistrados del TSE, lo cual compromete seriamente su independencia.
El sistema vigente, por medio del cual se elige,
organiza y gobierna el TSE, está claramente diseñado para que la clase política
interfiera y coopte dicha institución, lo cual ha implicado a lo largo de los
años un gradual deterioro de su autoridad, de su calidad, de su independencia y
de su eficiencia. No fue sino hasta que, a raíz de los escándalos de corrupción
revelados desde abril de 2015, el TSE pareció recobrar cierta autoridad sobre
los partidos políticos (aunque, lamentablemente, no siempre con base en
argumentos jurídicamente bien sustentados). Sin embargo, su estructura sigue
siendo vulnerable y su futuro, incierto.
Por ello es imprescindible reformar la Ley Electoral y
de Partidos Políticos –LEPP- no solo en lo que atañe a las elecciones y los
partidos, sino también (y fundamentalmente) en lo que corresponde a la
conformación y gobernanza del TSE. Para restaurar la independencia de sus
magistrados es necesario ampliar el periodo de sus funciones y hacer que la
renovación del pleno sea escalonada, a fin de que ningún partido político pueda
nunca nombrar a una mayoría de magistrados. Además, es imprescindible disgregar
claramente las funciones administrativas de las jurisdiccionales, para que los
magistrados puedan liberarse de las tareas cotidianas de gestión (agobiantes durante
le época electoral) y se dediquen plenamente a sus labores jurisdiccionales
(cruciales en el período electoral).
lunes, 8 de mayo de 2017
No Caigamos en la Trampa
No caigamos en la trampa de ideologizar las reformas institucionales que el país necesita. El verdadero enemigo del desarrollo del país es el crimen organizado que ha corrompido nuestro sistema político y las instituciones del Estado.
Para mejorar las condiciones de vida de los
guatemaltecos es necesario que haya crecimiento económico; para que este se
produzca es imprescindible que aumente la inversión y, con ella, el empleo. A
su vez, la inversión requiere, como pre condición, un ambiente donde prevalezca
la certeza jurídica y la estabilidad, las cuales solo pueden tener lugar si el
país cuenta con instituciones fuertes y eficientes, empezando por aquellas que
conforman el sector justicia.
A todo esto, vivimos en un país donde, por falta de
institucionalidad, los ciudadanos no tenemos ni tan siquiera la certeza de
contar oportunamente con un documento de identificación (DPI o pasaporte, ambos
inmersos en una profunda crisis). Donde la propiedad inmueble está
constantemente amenazada por despojos o invasiones. Donde las poderosas
pandillas exterminan a los policías pobremente armados. Donde los menores bajo
custodia del Estado son quemados vivos. Donde la biósfera “protegida” es
incendiada por grupos mafiosos.
Todos esos elementos son síntomas de que se configura
un escenario ideal para que florezca el crimen organizado, sea este el de los
cárteles mexicanos del narcotráfico (que operan libremente en muchas áreas
rurales del territorio nacional) o el de las maras 18 y Salvatrucha (que operan
libremente en muchas áreas urbanas del país). Ese crimen organizado es, en gran
medida, el que “cooptó” no solo nuestro sistema político y los organismos del
Estado (incluyendo un número importante de jueces y magistrados), sino incluso
gremios enteros -como el otrora prestigioso de los abogados- a fin de
asegurarse la impunidad en sus operaciones ilícitas.
Así, resulta indefendible la posición de quienes
sostienen que el sistema de justicia en Guatemala no necesita un cambio
sustancial. El Índice de Estado de Derecho (del World Justice Project) de 2016,
ubica a Guatemala en los últimos lugares del mundo (puesto 97 de 113 países
calificados). En el Índice de Percepción de la Corrupción 2016 (de
Transparencia Internacional) el país ocupó el puesto 136 (de 170). Y en el
último índice de Estados fallidos (de The Fund for Peace y Foreign Policy)
Guatemala ocupaba el puesto 64 (de 178). Está claro: la impunidad imperante
impide que exista certeza jurídica, ahuyenta la inversión y detiene el
desarrollo nacional.
Es, pues, imprescindible una reforma profunda del
sector justicia que garantice una efectiva independencia de jueces y
magistrados y, a la vez, una estructura institucional del sistema judicial que
mejore su eficiencia. Ello requiere de modificaciones a leyes ordinarias e
inevitablemente, para ciertos temas puntuales, a la propia Constitución de la
República. Por ello es lamentable que los impulsores de la reforma
constitucional hayan actuado el año pasado tan precipitadamente, hayan incluido
temas que (aunque importantes, como el de la jurisdicción indígena o el
antejuicio) no se relacionaban directamente con el fortalecimiento
institucional, y hayan redactado tan pobremente la propuesta que llegó al
Congreso en octubre pasado que la misma ha requerido de muchas y prolijas
enmiendas.
lunes, 1 de mayo de 2017
Trabajo y Producción
Para que hayan más y mejores puestos de trabajo es necesario que haya más y mejor producción, lo cual sólo es posible mediante un incremento sostenido de la productividad. En efecto, la clave de nuestro dilema económico es la productividad.
El Día del Trabajo resulta propicio para aquilatar el
aporte del trabajo a la producción pues, junto con el capital y la
productividad (que es la forma en que se combinan trabajo y capital)
constituyen los factores esenciales de la ecuación que define las posibilidades
de producción de cualquier economía; es decir que las posibilidades de que la
economía crezca -y que, así, mejoren las condiciones de vida de la población-
dependen crucialmente de esos tres factores, cuyo desempeño se refuerza
mutuamente.
La economía guatemalteca ha crecido en este siglo a
una tasa anual promedio de 3.5%; este ritmo, aunque positivo, es mucho menor
que el que han mostrado muchísimos otros países en vías de desarrollo. Casi las
tres cuartas partes de ese magro crecimiento provienen del aumento (vegetativo,
debido al crecimiento poblacional) del factor trabajo, mientras que menos del
cinco por ciento del crecimiento se debe a la mejora en la productividad, lo
cual es trágico pues, sin una mayor productividad, el crecimiento económico
está condenado a continuar por debajo que el de los países que están logrando
exitosamente sacar de la pobreza a sus ciudadanos.
El ya magro crecimiento de nuestra economía -debido a su
baja productividad- se ve, además, amenazado por una serie de tendencias que,
de confirmarse, podrían dañar nuestra capacidad productiva. Por ejemplo, el
proteccionismo que parece caracterizar la visión económica de Donald Trump, que
está rompiendo con décadas de apertura económica en el mundo industrializado y
que para Guatemala es de particular preocupación pues más de una tercera parte
de nuestras exportaciones se destina hacia los Estados Unidos.
Otra tendencia, inevitable, que va a afectar el
desempeño de nuestra economía es la reducción en la tasa de crecimiento
poblacional (que, según estimaciones oficiales, caería de 2% anual actualmente,
a 1.6% en los próximos cinco años). Esto implica un menor crecimiento de la
fuerza de trabajo, que es nuestro principal motor de crecimiento, lo que
significa que, si no mejora la productividad, el crecimiento económico de
Guatemala será aún más débil en los años venideros.
Para contrarrestar estas amenazas resulta
indispensable que se adopte cuanto antes una serie de políticas públicas que
procuren mejorar la productividad de nuestro aparato productivo y, al mismo
tiempo, propicien un aumento en la oferta de empleos de buena calidad (y, por
ende, de digna remuneración). Ello implica la necesidad de aumentar las
destrezas laborales a través de mejoras en la educación y la capacitación
laboral, así como lograr que dichas destrezas respondan a lo que demandan las
empresas (que suelen quejarse de la escasez de mano de obra calificada).
También es necesario subirse a la ola de
digitalización y automatización, que acelera dramáticamente la productividad,
favoreciendo la investigación y el desarrollo tecnológico pero, a la vez,
ayudando a los trabajadores a adquirir los conocimientos necesarios para
adaptarse a esos cambios y a acceder a nuevos tipos de empleos más productivos.
Y, por supuesto, también se requiere del fortalecimiento de los fundamentos
macroeconómicos y, crucialmente, de incrementar la inversión en capital físico
e infraestructura que favorezcan la productividad y la competitividad.
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