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martes, 24 de diciembre de 2013

Exhortación Contra el Egoísmo

Aunque una parte (pequeña, por cierto) de la exhortación Evangelii Gaudium ha causado polémica pues incurre en generalizaciones sobre el mercado que en principio son incorrectas, el mensaje que por medio de ella nos intenta transmitir el Papa Francisco debemos acogerlo con espíritu humilde y mente abierta. Esta es una buena época para reflexionar al respecto. ¡Feliz Navidad!
Juan Pablo II –el Papa polaco-  convencía con su carisma, su ángel, su apabullante “no sé qué” que derribaba murallas. Benedicto XVI –tan alemán él- lo hacía mediante el intelecto, la contundencia lógica y una sabiduría que parecía ancestral. Y Francisco ha iniciado su andadura papal acudiendo al sentimiento, a la ternura y, un poco, a los golpes de efecto –claro, es argentino-.  Cada uno, haciendo uso de los carismas que Dios les dio, ha apelado al corazón y al intelecto de las personas (feligreses o no) para fortalecer a la Iglesia y construir un mundo mejor.
El más reciente intento en ese sentido es la exhortación apostólica Evangelii Gaudium que, como su nombre lo indica, es un llamado a todos los fieles y pastores a anteponer y anunciar la alegría del evangelio, por encima de la tristeza individualista que brota de un corazón avaro, de una búsqueda de placeres superficiales y de una conciencia aislada, pues cuando la vida interior se centra únicamente en los intereses egoístas, no existe espacio para los demás ni, por ende, para Dios y la alegría de su amor que nos incita a hacer el bien.
Y en ese afán de predicar contra el egoísmo que mata el alma, el Papa abordó el tema de la injusticia social de una manera que causó cierta dosis de escándalo entre aquellos católicos que, aunque aborrezcamos la inequidad y la exclusión social, estamos convencidos de las bondades (no sólo económicas sino, incluso, morales) del libre mercado. El Papa pareció estar convencido (y querer convencernos) de que los culpables de la pobreza y de la desigualdad que dañan a la sociedad de hoy son el capitalismo “salvaje” y el “excesivo” libre mercado, llegando a afirmar que “esa economía mata”.
Quizá esa pequeña parte de la exhortación apostólica no fue redactada de la manera más adecuada. O quizás sí… sólo Dios lo sabe. Lo cierto es que pocos días después de publicada, para alivio de los economistas de mercado católicos, Francisco expresó una contundente aclaración: en una entrevista al diario La Stampa, el Papa respondió a quienes lo tildaron de marxista, a raíz de lo que escribió en la Evangelii Gaudium, diciendo que él siempre ha creído que esa ideología está equivocada y explicó que en el texto le la exhortación apostólica no habló como técnico sino según la Doctrina Social de la Iglesia.
Pero lo importante no es si una parte de dicho texto nos causa inconformidad o si las posteriores aclaraciones papales nos reconfortan. Lo importante es que, con humildad, tratemos de escuchar sinceramente, sin prejuicios, lo que se nos quiere decir con esas reflexiones, aunque ideológicamente nos choquen. La fe debe ejercerse por libre elección y no debe temer sumergirse en el libre mercado de las ideas. Ello exige buscar la verdad de la manera más apropiada y respetuosa de la dignidad humana, lo cual entraña la necesidad de investigar científicamente, de educar (incluso a nuestros pastores espirituales), de aprender (incluso de nuestros rivales ideológicos) y de comunicarnos exponiendo francamente la verdad que creemos haber encontrado, a fin de ayudarnos mutuamente en esa búsqueda.
Y para ello, nada mejor que seguir las enseñanzas de quien vino al mundo a hacer el bien, a hacer que los ciegos (que no ven el sufrimiento de su vecino enfermo) vean, que los cojos (que no se mueven a auxiliar a una víctima) caminen, los leprosos (impuros por la corrupción) queden limpios y que los sordos (que no oyen a sus hijos pedirles tiempo) escuchen.
La iglesia no tiene por qué dar recetas de política pública, pero –debemos comprenderlo así- tiene la obligación de dar mensajes que abarquen todo el orden moral –incluyendo la justicia- que debe regular las relaciones humanas. De manera que la exhortación papal contra el egoísmo hay que acogerla con espíritu humilde y mente abierta; con la razón puesta en el libre mercado (el peor sistema económico que existe, excepto por todos los demás que se conocen), pero con el corazón puesto en la caridad. A fin de cuentas, para toda persona de bien, creyente o no, economista o presbítero, político o ciudadano raso, lo más importante en materia de políticas públicas debiese ser cómo mejorar la calidad de vida de los más desposeídos, pero hacerlo de forma sostenible y justa. Que la Navidad nos reconforte y sirva para meditar al respecto.

domingo, 31 de marzo de 2013

Un Libro sobre la Semana Santa


El ensayo, publicado recientemente, constituye una prueba del valor que tienen las manifestaciones culturales como motores del desarrollo económico y social
Luego de más de dos años en elaboración, recientemente se publicó el libro “El Valor Económico de la Semana Santa en la Antigua Guatemala”, que busca evidenciar el enorme potencial de desarrollo económico y social que puede encontrarse en los abundantes recursos culturales y artísticos de Guatemala. El deseo de escribir un ensayo como éste data de hace casi cuatro años, cuando Ana Luz Castillo (bailarina y administradora cultural), Luisa Fernanda González (gestora y promotora cultural), Julio Solórzano Foppa (historiador y productor artístico) y yo unimos esfuerzos en el campo intelectual para difundir y hacer conciencia sobre la vinculación que existe entre Economía y Cultura.
Dado que la cultura aporta entre un 7% y un 9% del PIB de Guatemala, el grupo Satélite (como se bautizó nuestro esfuerzo) empezó por identificar aquellas expresiones culturales en el país que podrían ser sujeto de cuantificación y, por ende, constituirse en pruebas convincentes del valor de la cultura como motor de desarrollo.
De ahí surgió, casi de su propio peso, que la Semana Santa antigüeña, siendo esencialmente una celebración religiosa, también era un fenómeno cultural, económico y social de implicaciones profundas.
Afortunadamente para la elaboración de los estudios contamos con el apoyo de la Cooperación Española y, en particular, con el acompañamiento de Oikós (Observatorio Andaluz para la Economía de la Cultura y el Desarrollo) que nos facilitó el acceso a las metodologías que recientemente se han aplicado para este tipo de estudios en Andalucía, las cuales modificamos y adecuamos a las condiciones y características de las celebraciones de la Semana Santa en La Antigua Guatemala.
A partir de allí se realizaron una serie de entrevistas preparatorias con conocedores de las distintas áreas de estudio (tradiciones religiosas, autoridades locales, turismo, estadística, etcétera). El trabajo de campo, que implicó encuestar a más de 1,500 sujetos (residentes, visitantes, comercios, industrias, y hermandades), se realizó durante la Semana Santa de 2011 y se afinó en la de 2012. A partir de los datos recabados se realizó en análisis estadístico, la validación de resultados y la redacción final del ensayo, finalmente publicado por Editorial Cultura. En todo este proceso contamos con el apoyo de numerosas entidades e individuos involucrados en los temas de cultura y economía.
Los hallazgos que presenta el libro permiten dimensionar y valorar el movimiento económico y la generación de ingresos durante las celebraciones de la Semana Santa en La Antigua Guatemala. Se trata éste de un fenómeno cultural con un grado superlativo de costo-efectividad: por cada quetzal gastado en producir esta celebración religiosa, se genera un flujo adicional de Q165 en consumos y gastos diversos en la economía antigüeña. En esta capacidad multiplicadora es fundamental el rol de las hermandades, que no ha sido suficientemente aquilatado por toda la sociedad guatemalteca como para concitar el apoyo que tales organizaciones deberían recibir de todos los sectores, especialmente de quienes más se benefician de esta celebración popular.
La clave de esta capacidad generadora de ingresos se potencia por los factores culturales intangibles que caracterizan a La Antigua, entre los que destaca el escenario monumental configurado por la propia ciudad y su entorno, así como las tradiciones y conocimientos ancestrales de la sociedad antigüeña. El libro también identifica a los actores principales que hacen posibles las celebraciones, el origen de los visitantes, el rol de los antigüeños, los tipos de actividad económica y de generación de ingresos, las percepciones de seguridad pública y el potencial de la gastronomía como atractivo turístico.
Esperamos que el conocimiento de la actividad económica generada por éste y otros fenómenos artísticos y culturales en Guatemala (como podrían ser otras celebraciones populares tradicionales –religiosas o no- y los festivales artísticos cada vez más frecuentes), pueda facilitar la adopción de políticas públicas en beneficio de toda la población del país. El libro está siendo distribuido en Guatemala por el Fondo de Cultura Económica.

sábado, 2 de marzo de 2013

El Sorprendente Benedicto XVI


La renuncia al cargo, además de ser un signo de valentía y humildad, es también contundente llamado de atención del Papa, que reconoció con claridad que la Iglesia necesitaba “un largo camino penitencial”
La tarea de llenar los zapatos de Juan Pablo II era imposible, de entrada; incluso para Joseph Ratzinger. ¿Cómo suplir aquella presencia luminosa y su carisma abrumador, su rostro candoroso, su palabra conmovedora y sentimental teniendo a la mano solamente una figura discreta, una personalidad reservada, un rostro adusto –casi antipático- y un intelecto kantiano? El rol de Ratzinger como sub-Papa de facto, encargado de darle contenido racional y teológico al programa carismático y emocional de Juan Pablo II, incluyendo su incomprendido desempeño a la cabeza de lo que antes se llamó Santa Inquisición, nos hacía prever a los escépticos que Benedicto XVI ejercería un papado sin lustre y sin progresos.
Tras casi 8 años como jerarca de la Iglesia Católica, sin embargo, demostró que quienes así prejuzgamos estábamos equivocados. Su fama (que, vista en retrospectiva, era exagerada) de ultraconservador no le impidió insistir y profundizar sobre la necesidad de transformaciones acordes con la modernidad; él ha sido, después de todo, el primer Papa en usar el Twitter, y el primero en conceder una entrevista a la televisión. Su propia decisión de abdicar (la primer renuncia papal en más de 700 años) puede bien ser interpretada como una señal de modernización, un mensaje contundente de la “transformación sin ruptura” que siempre trató de impulsar.
El Papa reconoció con claridad que la Iglesia necesitaba “un largo camino penitencial” para expiar los pecados cometidos por miembros de su clero involucrados en un sinnúmero de escándalos de abuso sexual, actitud ciertamente valiente, pese a las muchas críticas respecto a que dicho reconocimiento fue insuficiente y tardío. Tampoco hay que regatearle sus esfuerzos por esclarecer los escándalos financieros del Vaticano que le estallaron en las manos, lo cual debió haber sido particularmente difícil para alguien que, como él reconoció alguna vez con humildad, "no tenía talento para la administración o la organización”.
No solo estas crisis (y la forma en que las enfrentó) marcaron su pontificado, sino también lo hicieron sus esfuerzos por reconciliar la fe y la razón, así como su insistencia en que los cambios duraderos sólo pueden provenir del corazón del ser humano. Como partícipe del Concilio Vaticano II, Benedicto continuó y dio consistencia intelectual al camino emprendido por su predecesor, en el que se exhorta a fieles y a pastores para que hablen más del mensaje de la Biblia que de las normas de la Iglesia, para que se fijen más en lograr una relación personal con Cristo que en el cumplimiento de tradiciones.
Convencido de que Dios es amor, pero también que es razón, el arsenal teológico de Ratzinger continuó emitiendo (pese a las dificultades del cargo papal) documentos eclesiales que profundizan su fe en el amor como motor de los cambios que, a través de la razón, pueden transformar a las personas y a las instituciones. Esa búsqueda de una transformación sin ruptura resulta hoy necesaria para una Iglesia Católica que se enfrenta no sólo a una serie de coyunturas que minan su prestigio (los escándalos sexuales, los “Vatileaks” financieros, o las pugnas de poder en la Curia Romana), sino especialmente al descomunal reto de emprender una “nueva evangelización” en un mundo crecientemente escéptico, cada vez más ateo en Europa, musulmán en Asia y neopentecostal en América.
Su pontificado, y su sorprendente renuncia, Benedicto XVI nos dieron a todos cuantos fuimos escépticos y pesimistas con su nombramiento, una lección de humildad, coherencia y responsabilidad. A diferencia de su predecesor, que decidió ser mártir y salió por la puerta grande, Benedicto decidió, fiel a su razón, salir a tiempo, cansado pero en pleno uso de sus facultades mentales, quizá para poder influir en la elección de su sucesor (en medio de luchas de poder), o quizá para velar –desde su reclusión conventual en el mismísimo Vaticano- por la continuidad de su obra (de “transformación, sin ruptura”), pero consciente de que, a su muerte, no recibirá las pleitesías, honores y beatificaciones de su  antecesor. El tiempo dirá si su pontificado marca el final de una era, el inicio de una nueva, o si es solamente parte de una larga transición pero, en cualquier caso, habrá dejado huella en la milenaria historia de la Iglesia.

CUANDO EL BOLSILLO VOTA

Cuando el ingreso se reduce, el populismo florece ofreciendo soluciones ilusorias Existe una diferencia importante entre inflación y percepc...