Modernizar la ley contra el
lavado ya no es opcional. Retrasarla tendría costos mayores
En Guatemala solemos cometer un
error recurrente en materia legislativa: esperar demasiado tiempo para corregir
un problema y, cuando finalmente decidimos hacerlo, pretender resolverlo repentina,
indolora y definitivamente. Muchas veces, en ese intento, terminamos
entrampando las reformas hasta volverlas políticamente inviables. Algo de eso
está ocurriendo con la discusión de la Iniciativa 6593, la nueva Ley Integral
para combatir el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo.
Por esa razón, desde hace más de cinco años se han presentado distintas iniciativas orientadas a modernizar esta legislación. El problema es que el tema nunca recibió la prioridad política necesaria. Ahora el tiempo empieza a agotarse. En 2027 Guatemala será objeto de una nueva evaluación internacional por parte de GAFI y llegar tarde tendría costos importantes para el país. No se trata únicamente de evitar una mala nota burocrática. Una evaluación negativa podría afectar la reputación internacional de Guatemala, aumentar costos de cumplimiento para bancos y empresas y deteriorar la relación del sistema financiero nacional con mercados y corresponsales internacionales. En un mundo crecientemente vigilante frente al lavado de dinero, la reputación regulatoria también es un activo económico.
La Iniciativa 6593, aunque perfectible,
representa un avance respecto de la legislación vigente. El dictamen favorable
de la Comisión de Economía le introdujo mejoras relevantes para fortalecer la
certeza jurídica y hacer más proporcionales algunas obligaciones. Y varias de
las enmiendas consensuadas posteriormente también contribuyen a perfeccionar el
texto. Ese proceso gradual de mejora institucional debería verse como algo
normal. La ley vigente mejora con la iniciativa; la iniciativa mejora con el
dictamen; y el dictamen mejora con las enmiendas. Pretender que una legislación
compleja nazca impecable es desconocer cómo funcionan los procesos democráticos
y regulatorios modernos.
Por supuesto, todavía existen
aspectos que merecen ajustes adicionales. Uno de ellos es el relacionado con el
registro de accionistas y beneficiarios finales. El combate al lavado de dinero
exige transparencia razonable, pero también prudencia institucional. La
información societaria sensible no debería convertirse en un repositorio masivo,
vulnerable o sujeto a accesos indiscriminados. La experiencia comparada muestra
que incluso países con alta capacidad institucional han empezado a privilegiar
modelos más proporcionales y respetuosos de la privacidad y del debido proceso.
Ese tipo de mejoras puede seguir perfeccionándose posteriormente. Pero lo que
no parece aconsejable es paralizar nuevamente toda la reforma por la aspiración
de alcanzar una versión ideal que probablemente nunca llegará.
Claro que la nueva ley tendrá
costos de cumplimiento para diversos actores económicos. Pero la pregunta
correcta es si esos costos son menores o mayores que los beneficios de evitar
sanciones, preservar la credibilidad del sistema financiero y mantener a
Guatemala integrada a la economía internacional. Y la respuesta parece bastante
evidente.

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