lunes, 22 de diciembre de 2025

EN DEFENSA DEL VOSEO

El voseo no es vulgar: es historia, identidad y orgullo centroamericano que conviene reivindicar

En años recientes ha empezado a implantarse —y lo noto con una mezcla de sorpresa y nostálgica preocupación— una tendencia curiosa en ciertos círculos urbanos de clase media en Guatemala: el creciente desprecio por el voseo. Para algunos padres y madres millenials, hablar de “vos” parece haberse vuelto sinónimo de vulgaridad, mientras que tutear —como si de pronto hubiésemos despertado en la Colonia Roma del D.F.— se asocia con refinamiento, buena crianza y, al parecer, ascenso social. La prueba más contundente es que hasta a sus perritos los tutean.

Confieso que el fenómeno me desconcierta. No solo porque el voseo ha sido una parte esencial de nuestra forma de hablar, sino porque su desprecio revela, paradójicamente, cierta ignorancia histórica. El “vos” no nació en los arrabales ni en la informalidad popular: surgió como tratamiento respetuoso y señorial en la España medieval. Durante siglos fue utilizado entre nobles y personas de alta alcurnia, como una forma de reconocimiento y distinción. Solo con el paso del tiempo —y por complejos procesos sociales y lingüísticos— el “tú” fue ganando terreno en la península, mientras que el voseo cruzó el Atlántico y echó raíces profundas en América.

Además, el voseo no es una rareza folclórica ni una excentricidad local. Se utiliza —con distintas variantes— en varios países de América Latina: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica lo emplean de forma generalizada; en Argentina y Uruguay, así como en amplias zonas de Paraguay es la forma dominante y cotidiana de tratamiento personal. Y también aparece, con distintos grados de formalidad, en zonas de Chile, Bolivia, Colombia, Venezuela y México. En conjunto, se estima que más de sesenta millones de hispanohablantes emplean el voseo cotidianamente. No estamos, pues, ante una anomalía lingüística ni ante un rezago cultural, sino frente a una de las expresiones vivas más extendidas y dinámicas del español en el continente.

En Centroamérica, el voseo no solo sobrevivió: se volvió identidad. Es parte del tejido cotidiano de nuestras relaciones, de nuestra literatura oral, de nuestro humor y de nuestra manera de entender la cercanía sin perder respeto. Renunciar a él por considerarlo “corriente” no nos hace más cosmopolitas; nos vuelve, simplemente, más desconectados de lo que somos. En un país como el nuestro, que no abunda precisamente en razones para sentirse orgulloso ante el mundo, despreciar una de las señas de identidad cultural más auténticas resulta, como mínimo, extraño. El voseo nos distingue, nos identifica y nos recuerda que no todo valor cultural viene importado en avión ni certificado por una serie de Netflix. Hablar de vos no es hablar mal; es hablar como hablamos aquí, con historia, con carácter y con pertenencia. Además -hay que decirlo-, el voseo guatemalteco es de los más limpios, gramaticalmente mejor estructurados y lingüísticamente más coherentes de todos los países que utilizan este tratamiento.




No se trata, por supuesto, de prohibir el tuteo ni de iniciar una cruzada lingüística. Cada quien es libre de hablar como prefiera. Pero convendría, al menos, dejar de asociar lo propio con lo inferior y lo ajeno con lo superior. La verdadera elegancia —también en el lenguaje— suele estar más cerca de la autenticidad que de la imitación. Y ya que esta es mi última columna del año, permitime cerrar con un pequeño acto de coherencia lingüística: vaya para vos, querido lector, mi deseo más sincero de que pasés una Navidad feliz y tengás un venturoso Año Nuevo.

lunes, 8 de diciembre de 2025

¿GOBERNABILIDAD… A CUALQUIER PRECIO?

Los acuerdos que entrañó la aprobación del Presupuesto 2026 podrían terminar saliendo muy caros

En algunos círculos políticos se afirma que la reciente aprobación del Presupuesto 2026 demuestra que el Gobierno “aseguró gobernabilidad”. El argumento es sencillo: el próximo año se celebrarán una serie de elecciones cruciales —Tribunal Supremo Electoral, Corte de Constitucionalidad, Fiscal General, Contralor General, Rector de la USAC, Superintendente de Bancos y Presidente del Banco de Guatemala— y el Ejecutivo necesita mantener una relación funcional con un Congreso atomizado. Para ello, dicen, había que “aceitar” la maquinaria. Pero la pregunta de fondo es otra, más incómoda: ¿a qué costo se está comprando esa gobernabilidad? ¿El fin justifica los medios?

La pieza clave para construir la mayoría legislativa fue asignar un monto extraordinario a los Consejos de Desarrollo. No es una práctica nueva: distintos gobiernos han utilizado históricamente el presupuesto para comprar voluntades congresionales. Pero el fenómeno se ha exacerbado. Cada año se destinan más recursos a un sistema que todos saben que no está diseñado —ni capacitado— para ejecutar inversiones públicas de manera transparente, eficiente y alineada con objetivos de Estado.
Que los Consejos de Desarrollo reciban más de Q16 millardos en 2026 debería encender todas las alarmas. Numerosos análisis independientes coinciden: su opacidad es estructural; su diseño favorece la discrecionalidad; sus procesos son vulnerables a corrupción o, en el escenario “optimista”, a obras de bajísima calidad. Incluso si —siendo benevolentes— asumimos que nadie se roba nada, lo más probable es que una porción enorme de esos recursos se desperdicie en gasto de baja calidad.

Es un precio demasiado alto a paga a cambio de una gobernabilidad incierta. Porque, además, nada garantiza que los compromisos políticos adquiridos ahora se cumplan mañana. La dinámica del Congreso guatemalteco es famosa por su volatilidad: quienes votan hoy a favor pueden votar mañana en contra. Existe un riesgo real de que terminemos “sin la mica y sin la montera”: sin la estabilidad prometida y sin inversión pública de calidad.

No se trata de negar la importancia de la estabilidad política. Un país sin gobernabilidad no avanza. Pero confundir gobernabilidad con clientelismo fiscal es un error que erosiona instituciones, incentiva el chantaje anual y crea un precedente peligroso: cada Presupuesto se vuelve una subasta creciente de favores, con costos que recaen sobre los contribuyentes y las generaciones futuras.

Con recursos de esta magnitud, el país podría financiar mecanismos modernos y transparentes de inversión pública: fondos específicos para infraestructura estratégica, nutrición, electrificación rural y proyectos con alto retorno social. Alternativas existen; faltan voluntad y visión. La disyuntiva no es entre gobernabilidad o austeridad. Es entre estabilidad sostenible —la que se construye fortaleciendo instituciones— y la estabilidad precaria que depende de comprar voluntades políticas. Esta última es pan para hoy y hambre para mañana.


La apuesta actual, por bien intencionada que sea, abre la puerta a un ciclo de dependencia y extorsión legislativa. Si cada año hay que pagar más para asegurar lo mínimo, el sistema entero se degrada. En vez de institucionalizar la gobernabilidad, se institucionaliza el precio de la gobernabilidad. Guatemala necesita estabilidad, sí. Pero no una estabilidad hipotecada en Q16 millardos de mala inversión. Los medios importan. Y, a veces, el costo de “comprar gobernabilidad” es tan alto que el país termina perdiendo precisamente aquello que pretendía asegurar.

LA ECONOMÍA DE LAS GUERRAS LEJANAS

La guerra en el Golfo Pérsico puede sacudir la economía global: conviene reaccionar con prudencia Las guerras se libran tanto en los campos ...